miércoles, 22 de enero de 2014

El poder de la mente.

Hay personas que no creen en los viajes astrales. Otras, que simplemente no saben lo que es. Yo tampoco lo sé, nunca he tenido uno. Pero fantaseo con que algún día lo consiga. De momento, solo puedo especular cómo será esa experiencia. Aquí os dejo un relato que escribí hace algún tiempo sobre este tema:

Cuando Sol calentaba al mediodía, e intentaba, luciéndose lo que más podía, que nadie lo mirase, ahí estaba ella para burlarse de la gente normal y tumbarse en cueros a recibir toda la energía que el astro le brindaba altruistamente. 
Por las noches, cerraba los ojos, y al segundo, se abría un universo con luces que titilaban verdes, rojas y de todos los colores, que al momento se convertían en fugaces y efímeras ráfagas de imágenes que iban y venían, de lobos riéndose escandalosamente, y pequeños duendes de jardín que los perseguían, perseguidos también por entes humanoides vestidos de policía con las porras en alto y con silbato en boca. De fondo, el oscuro infinito, suenan desde el más allá algunos acordes de Pink Floyd. Miraba hacia atrás: allí estaba su cuerpo, tendido en la cama. Los ojos, cerrados, moviéndose rápidamente para todas las direcciones, como en una pesadilla.
Millones de fotografías de su infancia recorrían su cerebro y le sacaban lágrimas – aunque ella no las sintiera- , a la vez que su cuerpo físico se retorcía involuntariamente y golpeaba el suelo intentando coger a esos malditos guardias civiles que le apuntaban con el arma. No lograba alcanzarlos, y se iba volando hasta Moscú, donde los pájaros que surcaban el cielo le hacían de guías turísticos por la ciudad. 
De repente, está en el suelo de su antigua casa. Donde nació, creció y aprendió todo lo que hoy sabe. Su madre le está señalando con el dedo y gritando, parece que el jarrón que yace hecho pedazos a su lado se ha caído por su culpa. Ella llora, no sabe articular palabra, está asustada. Se mira en el espejo del armario; tiene cuatro años.
Y al volver a mirar a su madre, ya no es su madre, ahí delante no hay nada, es una llanura extensa y sin ningún tipo de planta ni animal. Parece un desierto. Empieza a andar y se percata de que una mancha negra viene corriendo hacia ella, en línea recta. Ha salido de detrás de una roca. Cuando lo tiene a varios metros, es un visón, escala por la ropa hasta su hombro y grita, sofocado:
-¡Socorro! ¡Hay cuatro gigantes destrozando a mi madre a palos! ¡Ayúdanos! Me quema el suelo, necesito agua, necesito agua, necesito agua…- La voz se difumina hasta que desaparece. También se acaba el desierto. Todo negro otra vez. Se oye un crujido, abre los ojos. Un incendio ha devorado su casa. El colchón se adhiere a su piel debido al calor. Mira hacia arriba y la viga, con un segundo crujido, éste más decidido, se desploma sobre ella. Ahora sí, oscuridad.

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