domingo, 2 de febrero de 2014

El tiempo se lo lleva todo, hasta las razones...

+Ese señor, mi vecino, tenía una huerta ahí mismo, enfrente.
-¿Don Francisco?
+Sí, iba todos los días, la cuidaba como si de su vida se tratase, y la tenía preciosa: todo estaba verde, o quizá rojo cuando los tomates estaban en su punto, o amarillo, con el maíz.
Aún teniendo noventa y dos años y dificultades al caminar, él nunca faltó a su cita. Le daba vida.
Un día, aquel viejo murió. Y la huerta, pues se la quedaron sus hijos. Esa fue su herencia.
Se fue, dejando las peras verdes y las rojas fresas esperándole. Pero nadie ya se presentó allí. Sus hijos no querían huertas.
Y aquella semana en que murió, vino una helada, y se llevó todo lo que aquel viejo llegó algún día a conseguir. Toda su vida.

Dame un millón de dólares y seré un rayado rico.

Hay personas que se pasan la vida contando las horas que quedan para un acontecimiento importante, para quedar con una persona especial.
Cuentan las horas y se amargan pensando en qué harán cuando llegue ese momento y desperdician todos los demás pequeños momentos que pasan a la par.
Yo creo que deberíamos de ser felices a cada momento, y eso se consigue teniendo paz interior. Nadie debería desperdiciar ni el más mínimo instante en pensar en qué vendrá, sino que deberían aprovechar el momento presente, y cuando llegue el futuro, aprovecharlo también.
Porque si estás pensando en lo que va a llegar, te pierdes lo que tienes ahora, y es lo único que te puede afectar, el presente.
La solución es poner el máximo empeño posible en hacer bien este momento, y luego , cuando llegue el siguiente, poner el máximo empeño en aquel, y así sucesivamente.
La concentración de la mente es tan importante para vivir bien como el comer. Y todos nos distraemos con casi todas las cosas, ¿o no?

Un cambio de mirada.

Es alucinante como en nueve horas tu mundo puede dar un giro de 180º. De repente, estás en tu casa, tranquila, tomando el café de la mañana, y a las 14:00 horas de ese mismo día, estás en un lugar a 6.000 kilómetros de donde has desayunado, no conoces a nadie y tienes que quedarte a vivir allí, lejos de lo conocido.
Hay personas que no aceptan los cambios o no los dejan llegar, personas que prefieren tener una vida llena de monotonía. Gente que no cambiaría de peinado ni de periódico.
En mi opinión los cambios siempre son fructíferos, que del cambio se aprende, que lo nuevo no es malo ni bueno, que es simplemente nuevo.
Lo más fácil en esta situación sería concentrarse en el presente, aprovechar el momento y hacerlo lo mejor posible. Porque el futuro no existe, ya que aún no ha pasado, y el pasado es intocable, lo único que podemos mejorar y disfrutar es el presente.

Así que eso haré. Disfrutar del presente y aprender. Siempre aprendiendo, esa es la clave.

miércoles, 22 de enero de 2014

El poder de la mente.

La mente es una incógnita, el cerebro humano es un tema del que nadie sabe en exceso. Hay investigaciones múltiples sobre el poder que tiene la mente sobre las enfermedades, hasta cuánto una enfermedad es real y hasta cuánto es imaginaria.
Hay estudios científicos que aseguran que si pensáramos positivo la mitad de las enfermedades que tenemos desaparecerían.
Según la clínica Mayo de Nueva York, ser pesimista incluso reduciría la esperanza de vida en un 19 %Potenciar un pensamiento positivo incluso incide en el rendimiento académico, tal y como afirma el psicólogo C. R. Zinder, de la Universidad de Kansas: "los resultados académicos dependen más de una actitud optimista que del cociente intelectual."
Para ser justos, hay tres tipos de afirmaciones sobre nuestra capacidad cerebral limitada (según los conocimientos que acabalen los que las pronuncian):
-En cualquier momento dado, sólo una de cada diez neuronas está en funcionamiento.
-El 90 % de las células cerebrales yacen inútilmente en el cráneo, donde no sirven sino de lastre.
-Sólo utilizamos un 10 % de la capacidad memorística del cerebro para almacenar nuestros recuerdos.
Y es que estamos como dormidos desde que nacemos. El ser humano no prescinde de un despertador cada mañana, nosotros mismos podríamos configurar nuestro reloj natural para despertarnos a la hora en la que quisiéramos. Pero para esto hace falta práctica y confianza. La clave de todo entrenamiento es pensar que lo estás consiguiendo, y esforzarte para ello.Ver una película humorística, leer un texto con connotaciones positivas u oler un aroma agradable incrementa la actividad del sistema inmunitario y reduce los niveles de cortisol, la hormona del estrés.
También hay quien afirma que imaginar que entrenas alguna parte de cuerpo puede ser casi tan eficaz como entrenarla de verdad.

Ahora vamos a hablar de la meditación. Ese gran poder que todos podemos utilizar y que muy pocas personas utilizan. Hay a quién le parezca una chorrada, hay quién nunca lo ha probado, y eso que es una práctica sencillísima.
En una conocida revista de ciencia hablan del poder que tiene la meditación sobre las enfermedades físicas, cito algunas frases interesantes:
"Durante un año, observamos a un grupo de pacientes cardíacos que siguieron nuestras pautas(meditación) y pudimos observar en ellos una disminución significativa en el bloqueo de las arterias coronarias y un aumento de flujo sanguíneo al corazón."
"La meditación y el yoga son dos de las técnicas más eficaces para lidiar contra el estrés.
En 2005, observamos a un grupo de pacientes en la primera fase de cáncer prostático.
Esta vez, detectamos que el avance de la enfermedad se detuvo y, en algunos casos, incluso remitió."
"La telomerasa es una enzima que evita el acortamiento de los extremos de los cromosomas, llamados telómeros. Los telómeros están asociados a la longevidad de las células, y, cuanto más largos son -dentro de ciertos límites-, mayor es la vida útil de la célula. Nuestros estudios demuestran que la meditación y otras pautas de estilo de vida pueden aumentar la telomerasa casi un 30% en sólo tres meses, y por tanto, alargar a los telómeros. Hasta ese momento, ninguna intervención médica había logrado aumentar la telomerasa."


El poder de la mente.

Hay personas que no creen en los viajes astrales. Otras, que simplemente no saben lo que es. Yo tampoco lo sé, nunca he tenido uno. Pero fantaseo con que algún día lo consiga. De momento, solo puedo especular cómo será esa experiencia. Aquí os dejo un relato que escribí hace algún tiempo sobre este tema:

Cuando Sol calentaba al mediodía, e intentaba, luciéndose lo que más podía, que nadie lo mirase, ahí estaba ella para burlarse de la gente normal y tumbarse en cueros a recibir toda la energía que el astro le brindaba altruistamente. 
Por las noches, cerraba los ojos, y al segundo, se abría un universo con luces que titilaban verdes, rojas y de todos los colores, que al momento se convertían en fugaces y efímeras ráfagas de imágenes que iban y venían, de lobos riéndose escandalosamente, y pequeños duendes de jardín que los perseguían, perseguidos también por entes humanoides vestidos de policía con las porras en alto y con silbato en boca. De fondo, el oscuro infinito, suenan desde el más allá algunos acordes de Pink Floyd. Miraba hacia atrás: allí estaba su cuerpo, tendido en la cama. Los ojos, cerrados, moviéndose rápidamente para todas las direcciones, como en una pesadilla.
Millones de fotografías de su infancia recorrían su cerebro y le sacaban lágrimas – aunque ella no las sintiera- , a la vez que su cuerpo físico se retorcía involuntariamente y golpeaba el suelo intentando coger a esos malditos guardias civiles que le apuntaban con el arma. No lograba alcanzarlos, y se iba volando hasta Moscú, donde los pájaros que surcaban el cielo le hacían de guías turísticos por la ciudad. 
De repente, está en el suelo de su antigua casa. Donde nació, creció y aprendió todo lo que hoy sabe. Su madre le está señalando con el dedo y gritando, parece que el jarrón que yace hecho pedazos a su lado se ha caído por su culpa. Ella llora, no sabe articular palabra, está asustada. Se mira en el espejo del armario; tiene cuatro años.
Y al volver a mirar a su madre, ya no es su madre, ahí delante no hay nada, es una llanura extensa y sin ningún tipo de planta ni animal. Parece un desierto. Empieza a andar y se percata de que una mancha negra viene corriendo hacia ella, en línea recta. Ha salido de detrás de una roca. Cuando lo tiene a varios metros, es un visón, escala por la ropa hasta su hombro y grita, sofocado:
-¡Socorro! ¡Hay cuatro gigantes destrozando a mi madre a palos! ¡Ayúdanos! Me quema el suelo, necesito agua, necesito agua, necesito agua…- La voz se difumina hasta que desaparece. También se acaba el desierto. Todo negro otra vez. Se oye un crujido, abre los ojos. Un incendio ha devorado su casa. El colchón se adhiere a su piel debido al calor. Mira hacia arriba y la viga, con un segundo crujido, éste más decidido, se desploma sobre ella. Ahora sí, oscuridad.

lunes, 20 de enero de 2014

Nochebuena

Os dejo un relato que escribí hace algunos años, trata sobre las navidades, está basada en mi vida:

Había una gran nube encima del pueblo, que oscurecía el día. Layla la miraba desde la ventana del comedor, con la nariz pegada al cristal, mientras éste se arropaba del frío con los baños calientes de la tierna respiración de la niña. No le gustaban los días sin sol, se ponía triste. Layla tenía cuatro años, el pelo largo, liso, rubio, precioso. Pero ella siempre lo llevaba recogido en una coleta alta, que le dejaba la cara descubierta, tan sólo tapada por el recto flequillo que apenas dejaba entrever el azul intenso de sus grandes ojos de niña. Vivía con su madre en la casa del pueblo, ya que sus padres se habían separado hace unos dos años. Su padre vivía lejos, en la ciudad, ella le echaba mucho de menos, y lo veía un par de veces al año. 
Era veinticuatro de diciembre, y la madre de Layla le dijo a ésta que hoy vendría Papá Noel. Y que le traería regalos. Ella le había pedido un tren que días antes vio en algún escaparate, y un coche con ruedas que rodaran, para poder recorrer con él toda la casa en busca de alguna aventura.
Ese día, Layla se dejó el pijama puesto todo el día, pues iba a cenar toda la familia en su casa ese año. Le agradó la idea, puesto que odiaba ponerse esos incómodos vestidos y trajes que le hacían ponerse cada vez que se reunía la familia en alguna casa. 
Sus dos tías con su madre llevaban toda la tarde en la cocina, preparando la cena, y a Layla se le pasaron las horas jugando con su primo mayor José Manuel, que tenía veinticuatro años.
Era por la noche ya y las farolas iluminaban la calle aunque la niebla del ambiente tapaba en medida las bombillas. Layla recorría alegre la casa corriendo tras Hachi, el perro salchicha de sus tíos. Esperaba con ansia la llegada de Papá Noel. Así que, llegando al comedor, descubrió la enorme mesa desplegada con el mantel elegante, adornada con la cubertería cara que tanto le costaba usar a Mamá. Se puso alegre, era un día especial y podía lucir ante sus tíos y primos el pijama que le había regalado Mamá para su cumpleaños. Tenía impresa la imagen de cada uno de los Pokémon por todo el cuerpo. Raichu dominaba en grande rodeado de fuego en el pecho. Era su Pokémon preferido.
Sirvieron la mesa. Había comida por todas partes. Grandes platos ocupaban todo el espacio. Ella esperaba paciente junto a su madre a que ésta le sirviera en su plato los trocitos de carne ya cortados.
Cuando estaban en el postre, el abuelo dijo que había recibido un mensaje en el móvil de Papá Noel, que estaba de camino  a casa. Layla sonrió al compás del abuelo, que le regaló una de esas miradas que tanto la llenaban de sentimiento. A los cinco minutos se oyó como alguien bajaba por las escaleras: 
-¡Hou hou hou! - ¡¡¡Era Papá Noel!!! Layla se quedó entusiasmada e inmóvil cuando vio asomar por la vereda de la puerta  el traje rojo y la blanca barba de Papá Noel. Traía un saco rojo casi más grande que él, y sacó un regalo para cada uno de la casa. Cogió el último regalo que quedaba en el saco:
-“Layla” – Leyó despacio y con un poco de dificultad.- ¿Quién es Layla? Este año debe de haberse portado muy bien, porque este regalo es enorme…-
Layla levantó el brazo insegura e ilusionadísima, con la mirada fija en el hombre. Miró a los ojos a Papá Noel y vio que los tenía igual que su primo José. También poseía la misma inocente sonrisa. Lo buscó con la mirada pero no estaba allí. Pensó en lo despistado que era por perderse el encuentro con Papá Noel y se prometió a sí misma que después le contaría lo parecido que era a él. 
Abrió los regalos. ¡Era el tren que había pedido!  Pero lo más bonito del regalo fue la sonrisa de la niña. La verdad es que hacía años que Papá Noel no le regalaba nada especial. Pero este año se había portado. Podría jugar con el tren y los muñecos que tenía en casa. Ya está. Sería la maquinista. Al rato volvió José Manuel y Layla le contó todo lo que se había perdido. El chico le dijo con una mueca de tristeza que había estado sacando a Hachi, pero que se había encontrado a Papá Noel en la entrada y que le había dejado un recado: 
“Dile a Layla que mire debajo del tren.” Así que Layla miró, buscó. Abrió la tapa de las pilas y cayó una nota de papel al suelo junto con una fotografía tamaño carné.
Layla miró la imagen y descubrió que era una foto de su padre. Emocionada, le dijo a su primo que le leyera la nota, decía así:

Layla, cariño, la niña de mis ojos, sabes que te quiero mucho, ¿verdad pequeña? Y sabes también que hace mucho que no nos vemos, desde el último verano, nos lo pasamos muy bien ¿no es cierto? Le he dejado esta carta a Papá Noel porque yo no te la puedo llevar y sabía que te habías portado muy bien y que te iba a ir a visitar a casa. 
Unos meses después de que te fueras de Zaragoza tuve una visita inesperada, era un hombre vestido de rojo, con una larga barba blanca, antes no lo conocía pero ahora lo conozco muy bien, Papá Noel me vino a visitar a casa y me dijo que necesitaba ayuda en el Polo Norte para fabricar todos los juguetes de los niños, porque los duendes se habían contagiado el resfriado unos a otros y estaban todos enfermos. Así que decidí marcharme con él y ayudarle, porque sino todos los niños del mundo se quedarían sin regalos y La Navidad sería triste y oscura.
Así que  me mudé al Polo Norte. Desgraciadamente los duendecillos fueron de mal en peor y ya nunca más van a  poder fabricar regalos. Así que me tengo que quedar aquí para siempre, pero no te preocupes, cada año te enviaré una carta junto con tus regalos y podrás enviarme todas las cartas que quieras aquí, al Polo Norte. Quiero que sepas que aquí voy a ser muy feliz porque también está tu abuela Matilde y me sigue preparando esas comidas tan ricas que nos hacía cuando tú eras muy pequeña, no sé si te acordarás. ¿Qué quieres para el año que viene? Prometo fabricar el juguete que más te guste. Con cariño, tu papá.
Layla sintió pena porque nunca volvería a ver a su padre, pero también se alegró y  sintió orgullo de él, pues gracias a su papá todos los niños del mundo tendrían sus regalos en navidades, y estaba segura de que con su padre como ayudante ningún niño se quedaría sin regalo nunca más. 
Un año tras otro Layla pedía algún juguete, y todos los años tenía lo que quería. Había veces en los que a su madre le costaba meses encontrarlo, pero al final siempre lo conseguía. El tercer año, Layla puso en la carta de Papá Noel que quería una cajita de música, de esas que cuando las abres sale una bailarina y suena una musiquilla, y que quería la que había salido por la tele la semana de antes, que era una pieza de coleccionista del siglo XIX, de la que sólo quedaba un ejemplar en la vitrina de un millonario en América.
La madre de Layla pensó que nunca podría conseguir algo así, buscó por todas las tiendas de los alrededores y ninguna caja de música se parecía ni tan siquiera un poco a la que vio Layla por la tele, así que se rindió y optó por comprarle una caja de música normal y corriente, rosa, con dibujos de las princesas Disney, y ponerle en la nota a su hija que no tenían los materiales suficientes para crear esa caja. Rezaba para que se lo creyera y que siguiera confiando en las navidades. Llegó el veinticuatro de diciembre y ya estaban todos los regalos en el saco del disfraz de Papá Noel. Tras la cena, José se fue, como siempre, a sacar al perro, se puso el traje, y bajo al comedor, Layla esperaba con ansia su cajita de música que tanto le ilusionaba. La madre esperaba con muchos nervios la reacción de la pequeña. Dejaron, como de costumbre el regalo de la pequeña para el final, y cuando se lo dieron, lo abrió:
Era una cajita de música, de la vieja industria suiza, presumiendo, una de las primeras cajas de música inventadas, la carcasa, de madera con incrustaciones de piedras preciosas y plata, en el centro de la tapa ponía en grande y con letras elegantes: “Layla “. Había una palanquita en el lado derecho, la niña la accionó y se abrió la caja, sonaron las notas de música. Era un ritmo de Phillip Glass, recorrió la inquietante melodía el comedor, todos miraron atentos a las figuras que ahora se movían al compás de la música en el centro de la cajita: 
Era la figura de Layla vestida con un tutú rosa, agarrada al cuello de su padre, que la miraba con una plena sonrisa, vestido de frac, todavía llevaba puesto el gorrito de duende. Layla también sonreía, con un pie en alto en posición de ballet, parecía una bailarina profesional. Giraron lentamente describiendo leves círculos por la pista.
Esta vez, en la nota tan sólo ponía:
No pierdas nunca la fe en la navidad” 

El precio de una sonrisa hoy en día.

Cuando buscas "Michael Jackson" en Google, la primera descripción que sale es esta: -Michael Joseph Jackson conocido simplemente como Michael Jackson, fue un cantante, compositor y bailarín estadounidense de música pop y sus variantes.-
Dicen que la fecha de su nacimiento fue 29 de agosto de 1958 y la de su muerte el 25 de Junio de 2009.
Pero no dicen todo lo que él era emocionalmente; un ángel, un redentor de la paz y el amor en este mundo tan cínico, cruel y frío. 
Nadie sabe todas las personas a las que este hombre ha hecho feliz un ratito más con una de sus canciones, 
la libertad que tenía este hombre corriendo por las venas, y las ganas de ver el mundo un poco más sano y lleno de amor de lo que está hoy por hoy.

Esto es sólo un llamado a la esperanza: aún quedan personas a las que les importa una sonrisa, un abrazo, una mirada alegre que proceda de un extraño.
Un buenos días cuando subimos al autobús, y unas buenas noches junto con una sonrisa a esa persona con la que compartes tu vida; o con ese animal que te saluda todos los días con la misma efusividad, sí, estoy hablando de tu perro, a él no le importan todos los problemas que hayas podido tener ese día, siempre se alegra de verte. ¿Por qué no le respondes de la misma manera? 
Creo que regalar amor es el mejor método para que este mundo vaya mejor. 



          Regala amor y recibirás amor.