Os dejo un relato que escribí hace algunos años, trata sobre las navidades, está basada en mi vida:
Había una gran nube encima del pueblo, que oscurecía el día. Layla la miraba desde la ventana del comedor, con la nariz pegada al cristal, mientras éste se arropaba del frío con los baños calientes de la tierna respiración de la niña. No le gustaban los días sin sol, se ponía triste. Layla tenía cuatro años, el pelo largo, liso, rubio, precioso. Pero ella siempre lo llevaba recogido en una coleta alta, que le dejaba la cara descubierta, tan sólo tapada por el recto flequillo que apenas dejaba entrever el azul intenso de sus grandes ojos de niña. Vivía con su madre en la casa del pueblo, ya que sus padres se habían separado hace unos dos años. Su padre vivía lejos, en la ciudad, ella le echaba mucho de menos, y lo veía un par de veces al año.
Era veinticuatro de diciembre, y la madre de Layla le dijo a ésta que hoy vendría Papá Noel. Y que le traería regalos. Ella le había pedido un tren que días antes vio en algún escaparate, y un coche con ruedas que rodaran, para poder recorrer con él toda la casa en busca de alguna aventura.
Ese día, Layla se dejó el pijama puesto todo el día, pues iba a cenar toda la familia en su casa ese año. Le agradó la idea, puesto que odiaba ponerse esos incómodos vestidos y trajes que le hacían ponerse cada vez que se reunía la familia en alguna casa.
Sus dos tías con su madre llevaban toda la tarde en la cocina, preparando la cena, y a Layla se le pasaron las horas jugando con su primo mayor José Manuel, que tenía veinticuatro años.
Era por la noche ya y las farolas iluminaban la calle aunque la niebla del ambiente tapaba en medida las bombillas. Layla recorría alegre la casa corriendo tras Hachi, el perro salchicha de sus tíos. Esperaba con ansia la llegada de Papá Noel. Así que, llegando al comedor, descubrió la enorme mesa desplegada con el mantel elegante, adornada con la cubertería cara que tanto le costaba usar a Mamá. Se puso alegre, era un día especial y podía lucir ante sus tíos y primos el pijama que le había regalado Mamá para su cumpleaños. Tenía impresa la imagen de cada uno de los Pokémon por todo el cuerpo. Raichu dominaba en grande rodeado de fuego en el pecho. Era su Pokémon preferido.
Sirvieron la mesa. Había comida por todas partes. Grandes platos ocupaban todo el espacio. Ella esperaba paciente junto a su madre a que ésta le sirviera en su plato los trocitos de carne ya cortados.
Cuando estaban en el postre, el abuelo dijo que había recibido un mensaje en el móvil de Papá Noel, que estaba de camino a casa. Layla sonrió al compás del abuelo, que le regaló una de esas miradas que tanto la llenaban de sentimiento. A los cinco minutos se oyó como alguien bajaba por las escaleras:
-¡Hou hou hou! - ¡¡¡Era Papá Noel!!! Layla se quedó entusiasmada e inmóvil cuando vio asomar por la vereda de la puerta el traje rojo y la blanca barba de Papá Noel. Traía un saco rojo casi más grande que él, y sacó un regalo para cada uno de la casa. Cogió el último regalo que quedaba en el saco:
-“Layla” – Leyó despacio y con un poco de dificultad.- ¿Quién es Layla? Este año debe de haberse portado muy bien, porque este regalo es enorme…-
Layla levantó el brazo insegura e ilusionadísima, con la mirada fija en el hombre. Miró a los ojos a Papá Noel y vio que los tenía igual que su primo José. También poseía la misma inocente sonrisa. Lo buscó con la mirada pero no estaba allí. Pensó en lo despistado que era por perderse el encuentro con Papá Noel y se prometió a sí misma que después le contaría lo parecido que era a él.
Abrió los regalos. ¡Era el tren que había pedido! Pero lo más bonito del regalo fue la sonrisa de la niña. La verdad es que hacía años que Papá Noel no le regalaba nada especial. Pero este año se había portado. Podría jugar con el tren y los muñecos que tenía en casa. Ya está. Sería la maquinista. Al rato volvió José Manuel y Layla le contó todo lo que se había perdido. El chico le dijo con una mueca de tristeza que había estado sacando a Hachi, pero que se había encontrado a Papá Noel en la entrada y que le había dejado un recado:
“Dile a Layla que mire debajo del tren.” Así que Layla miró, buscó. Abrió la tapa de las pilas y cayó una nota de papel al suelo junto con una fotografía tamaño carné.
Layla miró la imagen y descubrió que era una foto de su padre. Emocionada, le dijo a su primo que le leyera la nota, decía así:
Layla, cariño, la niña de mis ojos, sabes que te quiero mucho, ¿verdad pequeña? Y sabes también que hace mucho que no nos vemos, desde el último verano, nos lo pasamos muy bien ¿no es cierto? Le he dejado esta carta a Papá Noel porque yo no te la puedo llevar y sabía que te habías portado muy bien y que te iba a ir a visitar a casa.
Unos meses después de que te fueras de Zaragoza tuve una visita inesperada, era un hombre vestido de rojo, con una larga barba blanca, antes no lo conocía pero ahora lo conozco muy bien, Papá Noel me vino a visitar a casa y me dijo que necesitaba ayuda en el Polo Norte para fabricar todos los juguetes de los niños, porque los duendes se habían contagiado el resfriado unos a otros y estaban todos enfermos. Así que decidí marcharme con él y ayudarle, porque sino todos los niños del mundo se quedarían sin regalos y La Navidad sería triste y oscura.
Así que me mudé al Polo Norte. Desgraciadamente los duendecillos fueron de mal en peor y ya nunca más van a poder fabricar regalos. Así que me tengo que quedar aquí para siempre, pero no te preocupes, cada año te enviaré una carta junto con tus regalos y podrás enviarme todas las cartas que quieras aquí, al Polo Norte. Quiero que sepas que aquí voy a ser muy feliz porque también está tu abuela Matilde y me sigue preparando esas comidas tan ricas que nos hacía cuando tú eras muy pequeña, no sé si te acordarás. ¿Qué quieres para el año que viene? Prometo fabricar el juguete que más te guste. Con cariño, tu papá.
Layla sintió pena porque nunca volvería a ver a su padre, pero también se alegró y sintió orgullo de él, pues gracias a su papá todos los niños del mundo tendrían sus regalos en navidades, y estaba segura de que con su padre como ayudante ningún niño se quedaría sin regalo nunca más.
Un año tras otro Layla pedía algún juguete, y todos los años tenía lo que quería. Había veces en los que a su madre le costaba meses encontrarlo, pero al final siempre lo conseguía. El tercer año, Layla puso en la carta de Papá Noel que quería una cajita de música, de esas que cuando las abres sale una bailarina y suena una musiquilla, y que quería la que había salido por la tele la semana de antes, que era una pieza de coleccionista del siglo XIX, de la que sólo quedaba un ejemplar en la vitrina de un millonario en América.
La madre de Layla pensó que nunca podría conseguir algo así, buscó por todas las tiendas de los alrededores y ninguna caja de música se parecía ni tan siquiera un poco a la que vio Layla por la tele, así que se rindió y optó por comprarle una caja de música normal y corriente, rosa, con dibujos de las princesas Disney, y ponerle en la nota a su hija que no tenían los materiales suficientes para crear esa caja. Rezaba para que se lo creyera y que siguiera confiando en las navidades. Llegó el veinticuatro de diciembre y ya estaban todos los regalos en el saco del disfraz de Papá Noel. Tras la cena, José se fue, como siempre, a sacar al perro, se puso el traje, y bajo al comedor, Layla esperaba con ansia su cajita de música que tanto le ilusionaba. La madre esperaba con muchos nervios la reacción de la pequeña. Dejaron, como de costumbre el regalo de la pequeña para el final, y cuando se lo dieron, lo abrió:
Era una cajita de música, de la vieja industria suiza, presumiendo, una de las primeras cajas de música inventadas, la carcasa, de madera con incrustaciones de piedras preciosas y plata, en el centro de la tapa ponía en grande y con letras elegantes: “Layla “. Había una palanquita en el lado derecho, la niña la accionó y se abrió la caja, sonaron las notas de música. Era un ritmo de Phillip Glass, recorrió la inquietante melodía el comedor, todos miraron atentos a las figuras que ahora se movían al compás de la música en el centro de la cajita:
Era la figura de Layla vestida con un tutú rosa, agarrada al cuello de su padre, que la miraba con una plena sonrisa, vestido de frac, todavía llevaba puesto el gorrito de duende. Layla también sonreía, con un pie en alto en posición de ballet, parecía una bailarina profesional. Giraron lentamente describiendo leves círculos por la pista.
Esta vez, en la nota tan sólo ponía:
“No pierdas nunca la fe en la navidad”