-¿Don Francisco?
+Sí, iba todos los días, la cuidaba como si de su vida se tratase, y la tenía preciosa: todo estaba verde, o quizá rojo cuando los tomates estaban en su punto, o amarillo, con el maíz.
Aún teniendo noventa y dos años y dificultades al caminar, él nunca faltó a su cita. Le daba vida.
Un día, aquel viejo murió. Y la huerta, pues se la quedaron sus hijos. Esa fue su herencia.
Se fue, dejando las peras verdes y las rojas fresas esperándole. Pero nadie ya se presentó allí. Sus hijos no querían huertas.
Y aquella semana en que murió, vino una helada, y se llevó todo lo que aquel viejo llegó algún día a conseguir. Toda su vida.
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